Hepatitis colestásica de VHA

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Esta es una de las experiencias que más me ha marcado, es una de las más importantes, me siento listo para compartirla con ustedes.

En el año 2000 mi vida era como la de cualquier estudiante universitario de 18 años – producto de la reforma educativa de 1996, que a mi juicio no debió ser-, por lo tanto era más inmaduro que hoy, corría el último trimestre del primer año de mi carrera y yo estaba muy entusiasmado con mis estudios, tenía planes, me la pasaba cansado por los desvelos y las clases, el tiempo no me alcanzaba para todo pero estaba satisfecho con mi desempeño, la dimensión social también lograba cubrirla saliendo los fines de semana y asistiendo a fiestas con mis amigos, podía hacer algunas cosas que me gustaban aunque no con la frecuencia a la que estaba acostumbrado.

Tenía una novia 7 años mayor que yo, con quien viví muchas cosas y a quien miraba regularmente pero hablábamos casi a diario. Yo la amaba, ella era conmigo, cómo decirlo, quizás yo era para ella, no sé, ella fue mi primera vez. Anduvimos 2 años y un par de días, hasta que se fue, un miércoles 24 de octubre.

Había pasado poco más de una semana cuando la vi por última vez.

Fue así:

Estuvimos en su apartamento un día viernes 13 y el último cuadro que recuerdo de ella en mi memoria es el beso con el que me despidió después que me guardé una botella de cerveza Corona en el odioso pantalón con bastantes bolsas que yo tenía, destapé una cerveza en lata enfrente del refrigerador antes de irme, me acomodé la chumpa, la mire a los ojos y le dije que la amaba, entonces le di el beso al que hago referencia, estábamos parados en medio de aquella diminuta sala mediocremente iluminada solo por la lámpara de la calle cuando vi en su cara la última sonrisa, me di la vuelta y me fui, lo que pasó entre su casa y mi casa es otra historia que algún día contaré.

Si yo hubiera sabido lo mucho que iba a extrañarla, me hubiera quedado con ella a pasar la noche, cuando me lo pidió yo me negué, insistió y yo me negué de nuevo, me negué y alegué con mentiras a manera de excusas para no quedarme, la verdad es que tenía pensado salir con mis amigos. Le prometí que pasaríamos la noche juntos el lunes siguiente para celebrar nuestro segundo aniversario.

Por alguna razón no recuerdo por qué fue no pude cumplir mi promesa, pero recuerdo que le llamé y le dije que llegaría el martes. Ese martes estaba todo listo, Di Majo, un buen amigo, me iba a hacer el favor de irme a dejar a la casa de ella después de que saliéramos de clases, entré a la última clase y pasados diez minutos me salí, le pedí prestada la llave del carro a Toñito y me fui a acostar, me dolía la cabeza, me puse pálido, tenía frío, me dio fiebre, me mareé, de repente se me doblaron las rodillas y me sentí indispuesto para todo, todo era ajeno y extraño para mi.

Al salir de clase ya era noche, Di Majo me buscó y me preguntó si me sentía bien y si todavía quería que me fuera a dejar donde mi novia y yo le dije que no, que Toñito me iba a ir a dejar a mi casa, que quería irme a mi casa. Toñito, Carlos, Danilo y Paco me preguntaron que qué me pasaba, solo les dije que me sentía super mal.

Llegué a mi casa y a acostarme de un solo, ni siquiera le llamé a mi chelita. Al día siguiente me desperté y no fui a clases, me fui a pasar consulta y solo me dejaron acetaminofén y no sé qué más, me dijeron que era estrés y me dieron incapacidad para dos días.

Hasta el viernes fui a clases y como salí temprano me di una vuelta donde mi tía para visitar a mi prima que estaba embarazada y casi no la había visto pero no estaba, andaba en un control así que me fui para mi casa y mi chelita se había ido para su pueblo, quedamos de vernos el lunes pero tampoco pudo ser, el lunes recaí en mi malestar, y fui a pasar nuevamente consulta ese día en la mañana, me dejaron unos exámenes de laboratorio clínico y fui a recoger los resultados al día siguiente a mediodía, el diagnóstico fue hepatitis A.

Al tener los resultados me sentí triste, le llamé a mi novia y se lamentó, era imposible vernos, ella se iba para Estados Unidos al día siguiente, me sentí más triste.

Se llegó el miércoles y ella se fue, se fue de mi vida.

Yo me quedé jodido, con la salud resquebrajada, el corazón partido, emocionalmente hecho pedazos y espiritualente vacío.

Ese solo era el preludio de una pieza tocada con adagio que no me hubiera imaginado jamás.

A los pocos días la ictericia invadió mi cuerpo, tuve que dejar de comer cualquier tipo de lípidos, no podía comer casi nada, mi dieta eran sopas naturales, frutas y verduras, el prurito era insoportable, las escleróticas daban fe de mi mala condición, la orina parecía refresco de cola, las heces aparecían pálidas, todo me daba náuseas y vómitos, una fatiga permanente y unas ganas de llorar en todo momento. Perdí mi trimestre en la universidad, perdí prácticamente un año.

Seguimos el tratamiento de una hepatitis común y corriente, pero pasaron varias semanas y mi salud contrario a mejorar, empeoraba. En un mes perdí 25 libras.

Mi papá al ver esta situación decidió llevarme donde un amigo gastroenterólogo, le mostramos el sinnúmero de resultados de los exámenes previos donde las transaminasas, la bilirrubina (directa e indirecta) y la fosfatasa alcalina solo evidenciaban una disfuncionalidad hepática pero sin un diagnóstico concluyente que por consiguiente indicara la prescripción adecuada. El doctor amigo de mi padre recomendó que me ingresaran de inmediato en el Hospital Rosales, donde él iba a encargarse personalmente de la prontitud con que se me atendiera dada mi condición y redactó a mano una orden de remisión.

Mi papá muy preocupado me miró y salimos de la clínica con el papel escrito a mano y nos fuimos caminando al hospital que estaba cerca, eran casi las seis de la tarde. Entramos a la unidad de emergencias, llenamos los formularios de rigor y luego pasaron horas para que me atendieran, pasaban heridos de bala por aquí, macheteados por allá, accidentados de tráfico, etc.

Recuerdo que mientras seguía el ineficiente procedimiento en la pequeña sala donde me estaban tomando la temperatura por segunda vez, metieron a un muchacho de unos 20 años en una camilla, con tres orificios de bala (dos correspondían a la entrada y salida de un proyectil) que por su expresión, quejas y gritos no había que ser muy inteligente para saber que le dolía como la gran puta, frente a mi, dos enfermeras lo sujetaban, una tercera le aplicaba yodo sobre una herida y una doctora le metía el dedo en donde estaba alojado el plomo de la bala que no había logrado salir. ER a medio metro de distancia.

Me cambiaron de sala a los pocos minutos y cual imán que atrae la mala suerte en forma de sufrimiento, me pusieron otro baleado, un pandillero que había recibido un balazo en el codo que le había desgarrado la piel y se miraba la lesión en todas sus dimensiones desde el hueso hasta los ligamentos deshechos. Gritos, quejas y mucha sangre. Regresé a las sillas viejas de fibra de vidrio.

Esperamos un rato más hasta que me comencé a sentir mal de nuevo y mi papá se desesperó, comenzó a buscar que me atendieran, yo estaba cansado, entonces, llegó acompañado de una joven doctora cuyo nombre voy a omitir para no perjudicar su prestigio profesional, tomó los resultados de los exámenes de mi mano toscamente y leyó la orden de remisión de ingreso, me miró despectivamente de pies a cabeza y le dijo a mi papá en tono de pocos amigos que no había nada que hacer por mi, que era una hepatitis fulminante y que era un paciente desahuciado, que lo mejor era llevarme a casa para evitar los trámites burocráticos que es – y sigue siendo- el reclamo de cadáveres.

A mi papá se le llenaron los ojos de lágrimas y comenzó a discutir acaloradamente con la doctora que había faltado al juramento hipocrático en el particular «La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones«, entonces intervine yo tomándole el brazo a mi matemático favorito y le dije con una gran paz y una gran serenidad «No te preocupés, si de todas formas el que se va a morir soy yo», la doctora me vio y luego lo volteó a ver a él como complacida de encontrar un eco que reafirmara su pericia y poco a poco comenzó a caminar hasta que se dio la vuelta por completo para volver a su rutina.

Mi papá me abrazó y comenzó a llorar como niño, eso me conmovió como pocas cosas en mi vida – incluso hasta hoy- y lo tranquilicé, le sugerí ciertas cosas, cambiar de estrategia, y depués de un par de llamadas volvió la misma doctora hasta donde estábamos a pedirme los papeles de mala gana, yo se los di extendiendo mi mano y sujetándolos cuando ella los tomó para obligarla a que me viera, entonces, cuando me vio, le dejé ir la sonrisa más irónica que he hecho hasta hoy y le cedí los papeles. Era la pequeña victoria de un muerto que vivía frente a ella. Las influencias ayudan mucho en las batallas de orgullo.

Me ingresaron en la Sala de Hombres #2, la que está arriba de donde ingresan a los reos de la red penitenciaria necesitados de atención médica especializada.

Me puse la bata y me acosté en la cama que me asignaron, esa noche y las que siguieron no pude dormir muy bien, recuerdo que pasé horas viendo el esparadrado en el que aparecía el código de mi identidad.

En la Sala de Hombres #2 estaban todos los pacientes enfermos de insuficiencia renal, sala en la que ví practicar el Código Azul a un paciente que sufrió un paro cardiorrespiratorio a las 3:23 de la mañana y que murió a los pocos días, vi practicar con gran interés varias diálisis peritoneales en 45 segundos con gran eficiencia médica y precisión pero que no evitaban el dolor en los pacientes.

Vi a una estudiante de medicina muy bonita que cumplía su internado en varios turnos y siempre registraba los niveles de solución de los pacientes, siempre me aculeré a hablarle, yo no estaba de ánimo, nunca supe su nombre.

Comenzaron a practicarme varios exámenes de sangre, los resultados seguían invariables, me hicieron una ultrasonografía y nada, me sacaban sangre hasta dos veces al día, en una de esas apareció la enfermera con una jeringa que me dio risa – no por mucho tiempo- parecía como si que era para caballo, me comenzó a sacar sangre y yo por molestar le dije «Llénela» y cuando iba a más de la mitad le dije «Era broma» sonrió y se fue con la jeringa casi llena, le pregunté por qué tanta sangre, me dijo que era para varios exámenes, incluso el del VIH. Puta, esa noche no dormí. Sólo había tenido relaciones sexuales con una mujer, eso me tranquilizaba pero uno nunca sabe, tampoco había usado drogas, ni las había probado siquiera. Comencé a debatirme psicológicamente ante la posibilidad de los resultados.

Varios médicos desfilaron frente a mi cama y hojearon mi cuadro clínico – que poco a poco iba haciéndose de más páginas- y solo decían «Seguro que es hepatitis, ya te vas a mejorar». También desfilaron alumnos siguiendo los pasos de un doctor que parecía sapo, moreno y desagradable que tenía un reloj con brazalete metálico de mala calidad, y practicaban conmigo tomándome el pulso y esas pendejadas de rutina que hacen los estudiantes como para honrar su gabacha blanca y el estatus social que un día les proveerá.

Estaba cansado, ya no quería todo aquello, luego me hicieron una Tomografía Axial Computarizada (TAC) para lo cual me tuvieron que poner un catéter en la muñeca izquierda, me transportaron al Hospital Central en silla de ruedas y abordo de una ambulancia, era bien bonito ese hospital, bien limpio, bien iluminado y bien moderno. Me dieron una bebida espesa en un vaso de durapax con aspecto de la savia de guarumo, el catéter se me obstruyó a la hora de administrarme un medicamento previo a recibir el colorante de contraste, intentaron componerme el catéter pero no se pudo, intentaron hacérmelo en la otra muñeca y tampoco, así que me administraron por el mismo agujerito donde me habían pinchado el brazo en la mañana para hacerme una flebotomía. Me dolió como la gran puta. Lloré. Lloré un vergo. Estaba cansado de todo aquello. Podía sentir el calor del medicamento a medida cubría mi cuerpo, era un calor insoportable que me quemaba, me quemaba el cuerpo por dentro y con él, quemaba mi voluntad. La máquina giraba encima de mi mientras ocurría todo aquello.

Esa noche de regreso en el Hospital Rosales lloré, me sentía mal, le pedí a Dios – si en verdad existía- que me llevara con Él, me imaginé a mis amigos llegando primero al funeral y luego al sepelio del día siguiente, pedí resignación para mi familia y pensé en todas aquellas cosas que me hubiera gustado hacer, me puse a pensar en las personas que había conocido, recapitulé mi vida hasta ese día. Tenía miedo de cerrar los ojos porque sabía que si lo hacía no iba a volver a despertar. Me quedé dormido hasta que el cuerpo no me dio más.

Mi tía Líbert llegaba a verme casi que a la hora que quería, se estaba conmigo, me abrazaba cuando me ponía a llorar, ella me iba a bañar chulón a las duchas que me recordaban los campos de concentración nazi, me sobaba suavemente con el jabón especial por el cuidado que exigía mi piel, platicaba conmigo y me daba las atenciones que merecía un enfermo.

Nixon trabajaba en el hospital y hacía turnos en varios horarios por lo que también me visitaba o yo iba hasta su oficina y ahí nos poníamos a platicar, nos reíamos, le contaba lo que había visto y esas cosas, su ayuda fue incalculablemente valiosa para mi.

Ninguno de mis hermanos fue a verme al hospital, únicamente hablé con ellos cuando llamaba a mi papa o a mi mamá desde mi celular, fueron pocas veces, yo no quería hablar con ellos. Tampoco ninguno de mis amigos fue a verme, tampoco me llamaron, nadie. Eso me puso muy triste, pero no iba a ceder a los sentimentalismos que estaban muy por debajo de los míos propios. Yo sólo extrañaba a mi chelita.

Por fin, llegaron los resultados y entre ellos el del VIH que resultó ser negativo, hasta se me había olvidado esa babosada, mi mente pasaba ocupada en cientos de cosas, mi actitud había cambiado un poco, había recobrado la perspectiva. En mi estadía, comencé a pasearme por los pasillos del hospital motivado en parte por el ejemplo de Sigmund Freud para ver qué observaba, para ver qué aprendía. Comencé a frecuentar la biblioteca y solicitaba libros, investigaba, me ponía a estudiar, sacaba copias, hubiera deseado una computadora con conexión a internet. Un día, yo estaba ahí sentado en una mesa, por mi ropa y por mi intenso color amarillo era evidente que yo era un paciente y ningún estudiante quería sentarse a la par mía – esto se parece a un post que voy a escribir después-, yo seguía leyendo un tomo inmenso de un tratado de hepatología y tenía la cabeza hundida entre las páginas y volteaba a ver de reojo cuando ya me había percatado de la situación, la situación era que todas las mesas estaban llenas excepto la mia, en eso, un grupo de estudiantes urgidos de un espacio sin enfermos me observaban como ejerciendo presión, y yo que no me sentía menos persona ni con menos derechos de estar allí seguí en lo mío hasta que la líder del grupo que era una chera bien bonita se pronunció dirigiéndose a mi persona de una forma poco respetuosa y hasta ofensiva exigiéndome que me fuera a la mierda y amenazándome con llamar a las autoridades del hospital por estar en un área restringida para pacientes, le dije que en el reglamento de la biblioteca no existía tal disposición y que podía moverme de la mesa de modo tal que ellos pudieran agruparse para estudiar y yo quedarme en un extremo sin molestar, le hice ver que sus modales no eran los de una profesional de la medicina y le exigí que se disculpara cosa a lo que con prepotencia se negó y me insultó, ella lo quería a su manera o nada. Entonces me paré, le cedí la mesa completa, recogí mi libro, lo entregué al dependiente de la biblioteca y cuando estaban terminando de acomodarse le sonreí antes de pegarle la puteada de su vida por cerota, hecha mierda, agrandada y falta de toda vocación humanitaria, cuando salí de la biblioteca escuché unas risas generalizadas, apuesto a que esa puteada la va a recordar por veinticinco años más.

Mi mamá me llevó unas pijamas que todavía uso a veces, digamos que yo era un paciente fashion. También me llevó los libros de mi repisa que yo le pedí, eran tres: Un mundo feliz (Aldous Huxley), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury) y Papillón (Henri Charrière), por eso me equivoqué en el LMVP Podcast #1. Allí conocí a un hombre, otro paciente, que me dejó una de las mayores lecciones de mi vida pero lo voy a contar después.

En una de tantas, cuando regresó de viaje la hepatóloga del hospital y quienes muchos me habían afamado, una de las primeras cosas que hizo fue ir a verme con un séquito de doctores que yo conocía de sobra, eran como las 4 de la tarde, me saludó bien distinguidamente y con solo eso le tomé simpatía, revisó mi cuadro como 5 minutos y todos los doctores hablando paja y ella solo decía «uhum», seguía leyendo, dejó el cuadro en el mismo lugar donde lo encontró y se me acercó, me levantó la camiseta blanca impecable que yo llevaba puesta y me puso los dedos bien raro sobre mi abdomen y me preguntaba cosas que yo respondía, decía «uhum» de nuevo, me pidió que me pusiera de costado y volvió a poner sus dedos de manera extraña presionando y preguntándome cosas que yo respondía, el resto de doctores la observaban como preguntándose qué putas, luego la doctora me dijo «Siéntese joven» y yo hice caso.

Ella les dijo a los otros médicos que pusieran atención a lo que iba a decir, yo también puse toda mi atención, y dijo lo siguiente:

«Este sea quizás el único caso que vean en su vida, es un caso de estudio, este joven padece una hepatitis colestásica de baja densidad de VHA, es una mutación del virus A cuyas causas se desconocen y en la que se obstruyen ciertos conductos hepáticos que los procedimientos normales no pueden diagnosticar, es la hepatitis que más se sufre cuando se padece pero es la que menos daño le causa al hígado y es de pronta recuperación, con un tratamiento adecuado se recupera en un mes. Yo solo he visto cinco casos en mi vida: dos en Argentina, uno en Florida y otro en Guatemala, es el primer caso que veo en El Salvador».

Fueron las palabras más vergonas que había escuchado, se me llenaron los ojos de lágrimas. Me dijo sonriendo «Mañana te vas a tu casa, hoy ya es muy tarde». Todo se me olvidó, estaba recontento con la noticia, quería volver a mi casa.

Para la fecha de navidad y fin de año ya estaba en mi casa con mi familia, seguía una dieta no tan estricta en la que por lo menos ya podía comer más cosas, atrás habían quedado mis negociaciones con los empleados del cafetín del hospital con quienes transaba bajo de agua.

Ya en casa pasé muchas horas y varios días conectado a internet buscando información, todavía los resultados que se encuentran para la hepatitis colestásica son muy pocos.

Me dejaron unos esteroides y Ursofalk (Acido ursodesoxicólico) un medicamento caro que no había en ninguna farmacia aquí y lo mandaron a traer a Guatemala. En un mes ya estaba bien mejorado pero seguía el tratamiento. Cuando fui a una consulta con la hepatóloga, yo iba a contarle que me había salido un acné marca diablo en la espalda y cuando se lo iba a decir primero me señalé la espalda y ella dijo «Ah sí, el acné, es natural no te preocupés, es por los esteroides, ya se te van a quitar»… Pots dije yo, esta señora sí que sabe.

Hasta me acuerdo que saliendo de una consulta con la doctora le dije a mi papá que quería Pollo Campero, Pizza y sopa de patas.

Dejé de fumar durante varios meses, conocí a Hazel, hablaba con Neni en Estados Unidos, fui a los alcohólicos anónimos, dejé de tomar tres años y medio, etc. Esas ya son otras historias.

Gracias a Dios estoy vivo.

Es suficiente por hoy.

Hasta luego.

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Hugo Barrientos

“Vi a una estudiante de medicina muy bonita que cumplía su internado en varios turnos y siempre registraba los niveles de solución de los pacientes, siempre me aculeré a hablarle, yo no estaba de ánimo, nunca supe su nombre…”

Eso ya se sabe q sos culero jajajaja.

Me gusta el post, redaccion marca FaFa, deje d estudiar por leerlo, me sumergi en toda la historia y t imagine en todas las situaciones. Definitivamente, otro nivel de narracion.

Un abrazo!!!

Kmila

Querido Fafa, que experiencia mas yuca. Cada situacion de la vida nos enseña algo, y se lee que has aprendido un resto de esta experiencia. Lo mejor de esto es que vivistes para contarlo. Muy larga vida para ti amigo, y bendiciones para los tuyos en especial tu papá, que tronco de papá que tenes congrats.

David

Increible y lamentable experiencia FaFa. Por eso siempre hay que agradecerle a Dios por la vida que nos ha dado, y recordá, el espera, pero no olvida.

Saludos!!!

Juan Ramon Urias

fafa despues de mi derrame cerebral entiendo todo lo q te paso ya pronto te mandare la historia y solo queda claro algo QUE PAISSSS MAS MIERDAAAA EN EL Q VIVIMOS

Carlos Trio

Jue60,000p**, qué yuca esa historia ñor Fafa. Pero de estas ondas se aprende un montón. Como decís, gracias a root, estás vivo. Por algo debe ser, te queda pendiente buscar ese algo…

Saludos

PD.
Jaja, me encantó la parte de la glamorosa puteada a la estudiante, hahaha. Bien merecido se lo tenía.

Virginia

Estás vivo, sí. Paciente con historial hepático que se pone a verga por lo menos cada semana. ¡Con historial hepático! Si tomar antes me parecía pendejo, en tu caso es mucho peor, vos disculparás.

elmalejemplo

hey! momento allí! es necesario que se reivindique el etanol que ha sido agredido por virginia. jajaja
en serio, qué yuca. esta historia parece ser una confirmación de la ley de murphy.

Luis Cerna

Excelente interpretación de un momento en la vida, que pisado como te toco, aun me sigo cagando de la risa de la puteada que le diste a la chera, jajaja bien diplomático…! Saludos